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divendres, 27 de juliol del 2018

No es lo mismo pensar que ser consciente. Aplicaciones prácticas.

Pensamiento compulsivo

Es sabido que la educación que hemos tenido las personas que hoy en día somos adultas ha sido preferentemente intelectual, racional, al menos desde que acabamos la educación infantil; teníamos que superar exámenes de asignaturas como matemáticas, historia, literatura, geografía, y otras que intentaban resumir todo el conocimiento de la humanidad parcelándola en temas separados, formando temarios a menudo bastante densos. La sociedad también funciona así, parcelada en profesiones, en especialidades, y además somete al ciudadano a presión continua parecida a los exámenes: hay que "ganarse la vida", hay que afrontar hipotecas, resolver problemas de todo tipo, familiares, personales, de la vivienda, de la comunidad de vecinos, del trabajo ... Todo este modo de vivir potencia al máximo el pensamiento racional, que está continuamente evaluando situaciones, analizando y buscando problemas y soluciones, hasta tal punto que llega un momento que ya no se sabe parar: incluso cuando no hay nada que hacer, cuando se puede descansar, la inercia del pensamiento sigue buscando problemas ... o recordando problemas pasados, nos hacemos adictos al pensar.

Consciencia y campo de conciencia

La conciencia no está bien definida como concepto, no se ha conseguido todavía, aunque todos tenemos una noción de lo que es.  Aquí nos referiremos a la capacidad de ser conscientes por un lado, y por otro a los contenidos de conciencia, o campo de conciencia. 

La capacidad de ser consciente equivale a la capacidad de darse cuenta, de percibir mentalmente; los sentidos, por ejemplo, proporcionan información sensorial, pero si no hay una capacidad de consciencia sensorial que se conecte con los sentidos, la información suministrada no sirve de nada, o de bien poco. Es importante notar el uso de la palabra ser en  la frase capacidad de ser consciente: lo somos o no lo somos.

El campo de conciencia está formado por todos los contenidos de la conciencia en un momento dado, incluidos los recuperados de la memoria cuando recordamos algo y lo traemos a la conciencia actual. ¿Cuáles son los contenidos habituales de nuestra conciencia? Para una persona con pensamiento compulsivo, la práctica totalidad de su campo de conciencia está condicionado por lo que piensa: si está solucionando un problema, su conciencia se llenará de los datos relativos a ese problema, si está preocupada, su campo de conciencia estará ocupado por su preocupación. Si alguna cosa de forma fortuita le llama la atención y entra en su campo de conciencia, no durará mucho ahí, pues su pensamiento compulsivo se encargará de volver a dirigir su atención de nuevo a sus cuitas, problemas y asuntos.

Es importante también señalar que para nosotros, en cada momento, sólo existe aquello de lo que somos conscientes, y todo lo demás no existe. Así, si nos están hablando pero nuestra conciencia está secuestrada por preocupaciones y otros pensamientos compulsivos, no le prestaremos suficiente atención, y lo que diga estará para nosotros como oculto por una niebla más o menos espesa, existirá, pero no con fuerza, claramente, sino débilmente, y como menos atención le prestemos, menos existirá, hasta el punto de poder llegar a no enterarnos de nada si estamos muy atrapados en nuestros pensamientos.

Ser consciente no es lo mismo que pensar

Nuestra conciencia y nuestro pensamiento son cosas distintas, aunque muy a menudo se puedan confundir. Se hace evidente cuando un día nos damos cuenta claramente de que estamos pensando, lo observamos, y nos hacemos conscientes de nuestro propio proceso de pensar.  También puede ocurrir lo contrario, que estemos pensando sin darnos cuenta de que lo hacemos, que es precisamente lo que ocurre cuando pensamos de forma compulsiva, automática. Así, el darse cuenta es hacer claramente consciente alguna cosa. Cuando nos damos cuenta de que pensamos, nuestro campo de  conciencia incluye al proceso de estar pensando, que deja de ser automático: el pensamiento compulsivo se detiene al ser observado atentamente, de forma consciente y despierta. Y al contrario: cuando nos dejamos llevar por el pensamiento automático, caemos en un estado de semi-inconsciencia: el pensamiento compulsivo es inconsciente.

Ser consciente con plena presencia

También nos puede suceder quedar absortos contemplando un paisaje, o una obra de arte, o escuchando música ... esos instantes en los ques estamos plenamente conscientes de aquello, pero no pensamos nada, sólo percibimos, observamos, escuchamos atentamente: estamos presentes. Habitualmente nuestro campo de conciencia está supeditado a nuestro pensamiento, pero la capacidad de ser consciente no está limitada a lo que pensamos. Por ello, es posible mover el foco de la conciencia fuera del pensamiento. Hay un punto importante pero sutil: la presencia implica un alguien consciente que está presente; fijémonos que ese alguien no puede ser el pensamiento, pues cuando observamos el pensamiento, ese alguien, que por supuesto somos nosotros, es el observador de los pensamientos; incluso puede suceder que al observarlo, se detengan, y así y todo el observador sigue estando presente, despierto y alerta, sin pensar: es el estado de silencio mental. Así pues, descubrimos que nosotros no somos nuestros pensamientos.

Aplicaciones prácticas

Resumamos los puntos importantes que hemos ido desplegando, y veamos de que nos pueden servir para la vida cotidiana, pues si no buscamos esta aplicación práctica, todo lo anterior por muy interesante que pueda ser se quedaría en el terreno teórico; nos quedan siete puntos:

  1. Las personas de las actuales sociedades avanzadas a menudo se han hecho adictas al pensar compulsivo.
  2. Una persona con pensamiento compulsivo, tiene sus contenidos de conciencia  condicionados por lo que piensa.  
  3. En cada momento, sólo existe aquello de lo que somos conscientes, y todo lo demás no existe para nosotros, o está difuminado, desdibujado. 
  4. Para la persona fuertemente condicionada por sus pensamientos, sólo existe algo en la medida que piensa en ese algo, y si no piensa en ello, no existe, o tiene para ella una existencia difusa, poco clara, y poco o nada importante. Todo lo que existe para esa persona es su pensamiento y nada más.
  5. Nuestra conciencia y nuestro pensamiento son cosas distintas: el pensamiento compulsivo se detiene al ser observado atentamente, y entonces queda el estado de presencia sin pensamiento, o de silencio mental.
  6. El darse cuenta es hacer claramente consciente alguna cosa, y no tiene porque ser pensando en ello, puede ser por contacto directo con la cosa, por ejemplo, por contacto sensorial, o por intuición.
  7. La presencia implica un alguien plenamente consciente que está presente, libre de pensamiento automático, compulsivo, pues éste lleva a la persona a un estado de semi-inconsciencia, y por tanto de falta de presencia.

¿Para qué nos puede servir todo esto? Veamos algunas situaciones muy habituales de nuestra sociedad a la luz de los puntos anteriores.

  • Problemas psicológicos de inseguridad, angustia: estas personas tienen en su interior todo un mundo de deseos y de temores que inevitablemente afecta a su capacidad de ver la realidad de forma objetiva, y les produce un estado de insatisfacción más o menos permanente. Para solucionar la insatisfacción, esas personas buscan la satisfacción en cosas exteriores, a las que les imponen unas exigencias que muy a menudo no se cumplen. No se dan cuenta de que la insatisfacción les viene de dentro, de que no se están viviendo a sí mismas con plena conciencia. Tienen unas ideas aceptadas de forma inconsciente que son negativas, de miedos, y hasta que no las miren directamente, con presencia, no se disolverán. En el momento que se reconozcan a sí mismas como aparte de sus miedos, de sus esquemas mentales que les producen insatisfacción, todas las angustias se disolverán, dejaran de existir al no prestarles atención, saldrán del campo de la conciencia de la persona.
  • Falta de autoestima, relaciones afectivas insatisfactorias: son debidas a no vivir con plena consciencia la propia afectividad; de nuevo, hay unas ideas establecidas y aceptadas en la mente que te dicen que el afecto te tiene que venir del exterior, y te tiene que venir de una cierta forma, con un "formato" y unas exigencias precisas, sino, ya no te valen, o no te llenan lo que crees que necesitas. Se trata de creencias sobre la afectividad, o sea, estamos en el punto 4: pensamos nuestra afectividad en el sentido de creer que ha de venir de cierta forma concreta, nos hacemos dependientes de esa forma de ver la afectividad. La afectividad hay que vivirla, no pensarla, no desearla y condicionarla, y esa vivencia directa sólo puede darse si estamos despiertos, si nuestra conciencia es capaz de dejar atrás nuestros pensamientos y enfocarse directamente en nuestra afectividad interior, sin condicionamientos mentales. Cuando la persona consigue eso, todos los problemas afectivos personales quedan solucionados de raíz, aunque pueden todavía seguir habiendo problemas de pareja si la otra persona está aún inconsciente y sigue pensando compulsivamente. 
  • Comportamientos violentos, antisociales: La violencia es una defensa de la persona que a menudo se toma como una afirmación de uno mismo contra un medio ambiente hostil que no se quiere aceptar. La persona cree que se está defendiendo de un ataque personal. También puede haber violencia como medio de obtener algo que se desea, y en este caso es más primitiva e irracional, aunque pueda no parecerlo así, pero de hecho en el comportamiento violento se involucran unas estructuras del sistema  nervioso central muy primitivas, las mismas que compartimos con el reino animal y que sirven básicamente para comer y evitar ser comido. En las personas, de nuevo los pensamientos no observados, aceptados de forma inconsciente, pueden originar violencia cuando son contradecidos, pues la persona se identifica con ellos, y al negarse sus ideas la persona se siente negada y por ello necesita defenderse. Esto se ve claramente en las discusiones acaloradas entre seguidores de clubs deportivos, o de política, y muy especialmente en los nacionalismos extremistas, que no aceptan nada que se salga del guión que tienen asumido. También la exclusión social puede producir ese sentimiento de negación personal que produce brotes de violencia. De nuevo, cuando la persona se hace más consciente de sus propias ideas, cuando las mira con plena presencia, deja de depender de ellas, todo el tinglado que tenia montado en la cabeza se cae, su identidad se fortalece y deja de tener la necesidad de defenderse: se vuelve menos vulnerable, y por tanto no necesita reaccionar violentamente.

Hemos visto los conceptos clave del trabajo personal en uno mismo, en la interioridad personal, y algunas aplicaciones prácticas importantes. El cómo hacerlo es un asunto de modos de entrenamiento de la conciencia y del auto-conocimiento, y hay muchos modos. Pero el entender el por qué esos entrenamientos funcionan y cómo aplicarlos a la vida práctica es básico para no ir a ciegas, practicando ejercicios de Yoga, de Mindfulness, de meditación ... si saber exactamente dónde estamos yendo y por qué.




dissabte, 7 de juliol del 2018

El amor como energía, ser conscientes de ello

Antes de nada, decir que en este artículo, entendemos por "energía" la capacidad potencial de generar una acción, de movilizar, de crear. Sin energía nada se mueve, nada puede hacerse, y nada puede existir. Hablaremos del amor desde un punto de vista "técnico", como una energía que nos mueve a relacionarnos con el mundo, analizando cómo lo expresamos las personas. Para ello, definimos tres niveles de expresión, dependiendo del nivel de auto-conciencia de la persona. Este tratamiento analítico es muy importante, pues las personas somos seres mentales, y necesitamos entender qué nos pasa y porqué, más aún en un tema tan importante como el amor. Reflexionar en lo que se expone a continuación, puede elevar nuestra visión de los que  somos, y hacernos más felices a nosotros y a nuestro entorno.

Nivel 1. Afectividad y sexualidad habituales

Habitualmente cuando hablamos del amor, nos referimos a su aspecto afectivo. que es cuando sentimos atracción por algo o alguien que vemos como deseable, como bueno o hermoso, o que simplemente despierta en nosotros el deseo de cuidarlo, de tenerlo cerca, de estar por él, despierta de alguna nuestra bondad activa, queremos hacer cosas buenas por él. Este seria el aspecto "dar" del afecto, también está el aspecto "recibir", por el cual esperamos recibir afecto de "quien debería tenernos afecto", por ejemplo nuestros padres, familia, pareja, amigos. A menudo se mezcla el identificar el amor no sólo con este aspecto afecto, sino también, en mayor o menor grado, con el aspecto sexual, biológico. Tenemos aquí toda la variedad de casos típica de la humanidad: desde personas cerradas a su afectividad que prácticamente sólo viven el amor a través del sexo y nada más, pasando por otras que lo balancean en más o menos, hasta personas cerradas al sexo que quieren vivir el amor principalmente en su faceta afectiva, bondadosa. Entre estos extremos se mueve actualmente la mayor parte de la humanidad (escrito a principios de siglo XXI, para conocimiento del que lo lea mucho tiempo después, si es que estos textos sobreviven).

Nivel básico: el amor se expresa como afecto-sexo hacia otras personas


Incluso una persona determinada no siempre está fija en una posición concreta de esta escala afectividad-sexualidad, sino que se mueve entre esos dos extremos dependiendo de la otra persona con la que se relacione y de las circunstancias. 

Vemos que el amor en esta manifestación habitual es siempre dual: nosotros y el objeto amado, damos y recibimos afecto y/o sexo. Es siempre relativo a un objeto, nos relacionamos con algo externo a través del amor. Si no tenemos ese objeto al que amar, no podemos amar a nada; el objeto puede ser cualquiera, incluso un trabajo o un club de fútbol. Por ello, podemos verlo como una energía que nos hace relacionarnos con el mundo, pero no es una relación intelectual, fría, sino emocional, transformadora, enérgica. 

Nivel 2. Vivir directamente nuestra afectividad personal

Algunas personas desarrollan la consciencia de su propia afectividad, se dan cuenta claramente de que su afectividad hacia cualquier objeto externo es su afectividad, surge de ellas mismas. Al darse cuenta de ello claramente, hasta cierto punto se independizan de los objetos externos de afectividad. Este es un cambio de perspectiva importante: la persona vive de modo directo su afectividad, independientemente de si se dirige a tal objeto o a tal otro. Cuando no se es auto-consciente de la propia afectividad, la persona es dependiente del exterior: si la persona amada no nos corresponde, sufrimos, o si no podemos dar afecto a quien queremos, también sufrimos. Incluso siendo correspondidos, si no lo somos en la medida deseada, o en la forma deseada, también sufrimos.

Se dice que el amor es la energía primordial del Universo (“Dios es amor” -1 Juan 4:8-); cuando esa energía queda parcialmente atrapada en nosotros, no puede circular y vivificarnos, sufrimos. Siempre es nuestra mente la que actúa abriendo o cerrando el flujo del amor, decidiendo si en tal situación, con tal persona, deberíamos ser amados o deberíamos dar amor, y en que forma y medida. Pero nuestra mente tiene la capacidad de percibir claramente el origen de nuestra afectividad, y es de nosotros mismos, de nuestra interioridad; es entonces cuando nos volvemos capaces de relajar ese control de la mente, de soltar ... y nos volvemos capaces de vivir nuestra afectividad directamente, con cierta independencia del exterior.

Afectividad y ego
Hay personas que llegan a este conocimiento buscando protección de las decepciones que han tenido con el amor, del dolor que han soportado, o de la incertidumbre inherente a depender de objetos externos que pueden fallarnos; esas personas son lo suficientemente conscientes e inteligentes para analizar la situación de relación que ha salido mal, y son capaces de irse hacia su propia afectividad interior, para vivirla directamente, sin depender de nadie, soltando ataduras externas. Por ello, tienen más facilidad para "querer y dejar de querer, o dejar ir" a los demás; en el aspecto sexual, pueden ser más promiscuas sin sentirse superficiales por ello, al contrario, están viviendo su propia sexualidad más intensamente. Ya no sufren si el objeto exterior desparece o deja de ser "adecuado", y esto es claramente una ventaja... para ellas, porque para los demás, si todavía están en el nivel anterior de dependencia, pueden ir sembrando dolor a su paso, al romper relaciones con suma facilidad. Además, al tener más conciencia y conocimiento, ven a la otra persona que sufre de desamor como alguien perdido en la ignorancia, como alguien que vive erróneamente el amor, y no se compadecen en absoluto, piensan "ya se le pasará, y quizás aprenda algo de esto".

Vemos que no todo son ventajas en esta forma más interior de vivir el amor: puede ser que estas personas utilicen a los demás como instrumentos para vivir intensamente su afectividad y sexualidad, o sea, que los utilizan para su gozo personal. También suele suceder que estas personas no se entreguen a sí mismas en la relación amorosa: pueden dar mucho afecto, pero interiormente guardan una "distancia de seguridad"; en realidad, hay un miedo actuando, el miedo a entregarse totalmente y a ser dañado en consecuencia, y de ahí el querer conservar una independencia: te doy mi afecto, si, pero no a mí mismo. Esto es típico del ego, que siempre está a la defensiva, a veces de formas muy sutiles.

Aquí de nuevo tenemos toda la gama de posibilidades humanas: personas muy afectivas con todo el mundo pero más cerradas en su aspecto sexual debido a sus ideologías (recordemos que la mente actúa como un "grifo" del amor, abriendo o cerrando su flujo), o bien usando a los demás como meros objetos sexuales si es que su ideología le indica que eso es lo correcto. Se puede caer en esta visión egoísta del otro como mero instrumento para vivir la propia sexualidad. También algunos "seguidores informales" del Budismo creen que al obrar así están siguiendo la doctrina del "no apego", una de las vías del Budismo para liberarse del sufrimiento, aunque lo tienen mal entendido, no es eso, es un concepto más profundo, en este blog hay varios artículos sobre el amor y el apego, por ejemplo: sobre el amor y el apego.

Esta utilización de los demás para vivir la propia afectividad sucede debido a que la persona vive el amor de forma egocentrada. Tanto en el nivel 1 como en el nivel 2 la relación amorosa está supeditada a la conveniencia personal; esto puede ser sutil, siendo necesario estar muy auto-consciente para detectarlo: puede ser que una persona esté siendo afectuosa con otras no como expresión natural de su ser, sino como medio de sentir esa afectividad en su interior, de disfrutar ella del dar afecto, y del recibir afecto a cambio.

Interiorización: el afecto se vive en sí mismo, con cierta independencia de los objetos externos

Nivel 3. Vivir la esencia de la afectividad

La persona puede profundizar más su auto-conciencia en el aspecto afectivo, buscando conectar con la esencia de su afectividad. Así como en el nivel anterior se vivían los estados de afectividad personal, más o menos independientemente de los objetos externos, en este nivel se vive la afectividad en sí, impersonal, trascendiendo totalmente la dualidad sujeto-objeto.  En el nivel básico se depende del exterior, en el nivel siguiente, se depende de los estados afectivos interiores, se disfruta del hecho de amar, y por ello la persona no se entrega, es un gozo personal, una especie de sensualidad amorosa, de estar enamorado de la emoción del amor. Cuando vivimos la esencia misma de la afectividad, soltamos todo, incluso esos estados afectivos personales, que se trascienden, al igual que se suelta el ego, aquel que desea vivir la afectividad pero tiene miedo a ser dañado si se abre demasiado y se entrega.

Afectividad unificada, no hay dependencia alguna
Al vivir la afectividad directamente, podemos expresarla en cualquier situación, en cualquier momento; tenemos la libertad absoluta de vivirla siempre, de experimentar estados afectivos positivos de forma continuada, de hecho, son parte integrante de nosotros mismos, no necesitamos desearlos ni provocarlos, los somos. Se vive directamente un estado de felicidad como algo muy real. Y se establecen relaciones afectivas que se viven desde esa profundidad, como una expresión gozosa de nuestro ser. Puede entregarse totalmente, sabiendo que nunca va a salir dañado, pues al haber soltado toda expectativa de ser correspondido, de dar y también de recibir a cambio, no tiene nada que perder. Sólo se puede amar así cuando se vive más o menos centrado en el Ser, cuando el ego personal está muy debilitado, y todas las protecciones del ego se han soltado por innecesarias. Es en este nivel que podemos escribir la palabra Amor con mayúsculas, pues es cuando realmente lo somos y lo expresamos, sin filtros ni barreras. Este es el amor incondicional, o sea, el que se expresa sin condiciones, y también es el amor sin apego del Budismo, pues das sin atarte, que no es lo mismo que dar sin entregarte: ahora puedes entregarte totalmente sin atarte.

La persona puede llegar a experimentar este estado cuando se da cuenta de que en el nivel anterior, el de disfrutar directamente de los estados afectivos, hay egoísmo, hay una utilización de los demás para provocar esos estados, y por tanto es un amor imperfecto, tanto si lo ha visto en sí mismo, como si lo ha visto en otros.

Amor-energía-consciencia

El amor es una energía de relación, y para manifestarse necesita medios, nosotros somos el medio. La forma de manifestación concreta depende de nuestra mente y de nuestro nivel de conciencia; si estamos muy condicionados por la mente, por sus ideas fijas de "cómo deberían ser las cosas", nuestra expresión del amor estará igualmente condicionada. Sólo cuando relajamos nuestros controles, ideologías, miedos, y conectamos nuestra mente con nuestro ser interior, el amor-energía puede expresarse entonces a través nuestro de forma limpia, directa, tal como es en esencia. Es ese amor que es capaz de cumplir fácilmente e incluso superar la definición de San Pablo, que de otra forma nos parece inalcanzable, sólo reservada a personas santas:
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. San Pablo. Primera Carta a los Corintios.



dilluns, 17 de juliol del 2017

Trascender la mente a través del amor incondicional



En toda tradición espiritual podemos decir que hay dos grandes caminos de realización de la persona, de trascendencia, con infinidad de variantes: la del control mental y la del desarrollo del amor incondicional. Si se trabajan ambas a la vez el progreso será más rápido, de hecho no es posible trabajar un camino exclusivamente, siempre avanzaremos por los dos, con predominancia de uno de ellos. Por ejemplo practicar mindfulness debe ir acompañado de la práctica de la compasión, de otro modo podemos caer en la banalización, recordemos que, por ejemplo, un francotirador tiene una alta capacidad de concentración mental y no podemos decir de él que sea un ejemplo de trascendencia. Por otro lado un místico que experimente arrebatos de amor-felicidad sin entender lo que le está pasando no podrá integrar sus experiencias en su vivir, y estará sujeto a ciclos de sufrimiento (incluso más intensos) y de felicidad. 
Eknath Easwaran, fue un profesor de meditación
que trabajó simultáneamente el control
de la mente y el amor incondicional,
se veía claramente en su mirada.


En lo que sigue describimos un camino de realización desarrollando amor incondicional de forma inteligente, lo veremos a través de un relato novelado, que vamos comentando: nuestro personaje vive diversos desengaños amorosos que utiliza para “despertar”, lo que consigue finalmente. Hay un desarrollo progresivo de la capacidad de amar, pero que al mismo tiempo se logra abriendo la mente a realidades cada vez más sutiles. Tal como decíamos, ha de ser así, la mente siempre ha de hacer su trabajo de descubrimiento, sólo que en esta forma de realización no es necesario entrenarla explícitamente, sólo hay que estar muy atento a lo que se vive, a las vivencias, y tener una voluntard de entender por que pasa el que pasa.



1.Viendo claramente que mi deseo por ti te alejaba de mi,

pues quien no quiere dar lo que le pides, suele huir de ti,

y por tanto el deseo consigue lo contrario del que buscaba,

porque que el deseo ajeno cierra la mente del que no quiere dar,

y esa mente cerrada es impermeable a todo tipo de amor,

viendo eso claramente, que el deseo puede matar el amor,

dejé de desear, todo deseo personal se extinguió en mí,

y tuve que aprender a vivir sin deseo.

Somos lo que pensamos, no sólo a nivel superficial, sino sobre todo a nivel profundo, de creencias, incluyendo el inconsciente: así pensamos, así nos comportamos, así vemos y vivimos la realidad. Es difícil cambiar lo que somos, o sea lo que pensamos, pues la Naturaleza busca una estabilidad, necesaria para mantener la vida, para la supervivencia. Pero al mismo tiempo la propia Naturaleza dispone de otra fuerza formidable, la evolución y la adaptación al entorno. Por eso, cuando nos damos cuenta de algo nuevo, cuando lo vivimos profundamente, nuestra visión de la realidad cambia, y cambiamos también nosotros: evolucionamos, nos adaptamos. Aunque creamos lo contrario, no hay límites para estos cambios, podemos cambiar totalmente, siempre que nuestra mente se mantenga abierta, intentando captar la realidad.

Creemos, en general, que el deseo es necesario para la vida, que no se puede vivir sin deseo; y hasta cierto punto es cierto: la vida no puede ser igual sin deseo, la persona debe soltar un modo de ser, y aprender a vivir “en directo”, en cada momento, sin desear nada que no tenga ya. Aprender a disfrutar de los placeres de la vida sin desearlos, sin quedar atado por ellos, esperando que se vuelvan a repetir una y otra vez. Es vivir con más libertad. Y sigues esforzándote, buscando cumplir unos objetivos, pero no porque los desees, sino porque ves esos objetivos como buenos, como correctos, beneficiosos, pero no sientes la emoción del deseo, en su lugar sientes un impulso a actuar en una dirección que ves como correcta, se vive muy distinto.

2. Noté entonces que, incluso sin deseo, todavía podía sentir atracción por algo,

eso me sorprendió, al principio, ¿como podía ser? ya no tengo deseos ...

entonces aprendí, vi, que la atracción precede al deseo, son emociones distintas,

la atracción sólo te informa de que ahí hay algo que puede ser valioso, interesante,

el deseo por lo que te atrae ata tu mente a ello, la atracción no.


La atracción es una emoción informativa, lleva la atención sobre algo que percibes como útil, interesante, importante. Si funcionamos, como persona, de forma reactiva, instintiva, inconsciente, de forma natural la atracción generará un deseo de poseer lo que nos atrae, excepto si a la vez percibimos que lo que nos atrae puede ser contraproducente, produciendo en nosotros un conflicto de intereses, que se resolverá más o menos inconscientemente, por ejemplo reprimiendo el deseo, o todo lo contrario, seguirlo y correr el riesgo de salir dañados.

Cuando estás libre de deseo, la atracción sólo es información, la percibes, la consideras, y decides que hacer. Es muy distinto decidir qué hacer que dejarse llevar por la atracción o reprimirla: tienes una libertad de decidir qué hacer, estas plenamente consciente de tu decisión; en cambio cuando el deseo se genera automáticamente a partir de una atracción, tú no has decidido nada, los mecanismos cerebrales automáticos lo hacen por ti: “eso que te atrae es interesante, por tanto, ves a por ello, es deseable”. Al estar más consciente, casi toda la atracción que aparece la dejas pasar sin hacer nada con ella, pues realmente ves que no vale la pena movilizar tus recursos. Agradeces la información, pero no te obliga a nada.

3. Más tarde conocí a alguien por quien sentí una atracción,

sin sentir deseo alguno, viendo la atracción, decidí que era una persona interesante,

busqué su compañía, y con el tiempo desarrollé por ella un gran afecto,

y ese gran afecto me llevó a esperar, a anhelar cada nuevo encuentro,

volví a quedar en un estado de duda, de no entender lo que pasaba,

¿quizá el deseo había vuelto a mí, por la puerta trasera del afecto?

ese anhelo del feliz encuentro, ¿era deseo? ¿o era amor? ¿son lo mismo?

Una de las facetas del amor es la unión, una fuerza de atracción que lleva a estar, a fundirse, con lo amado. Aunque frecuentemente se confunde esta atracción con el deseo, no son lo mismo. Cuando una madre despide a un hijo que se va a un largo viaje, en cuanto llega a casa ya lo echa de menos. Este “echar de menos“ es amor, es la atracción del amor, el querer estar con la persona amada, y es de un orden distinto que el deseo en general. Aunque en el fondo, muy en el fondo, sí tienen un origen común: buscar y encontrar la felicidad. El deseo es más instintivo, más al nivel de supervivencia, deseamos más o menos inconscientemente lo que percibimos o creemos que será bueno para nosotros, buscando un bienestar, una felicidad. El echar de menos a la persona amada está más directamente relacionado con la unión-amor-felicidad, es una faceta del amor, no hay necesidad de conseguir nada, simplemente la presencia de la persona amada te hace feliz. No es un deseo automático nacido de una atracción también automática, al contrario, amas muy conscientemente, y ese amor genera un fuerza de atracción hacia lo amado. Pero esto no suele verse fácilmente.

4. Notaste mi anhelo por estar contigo, lo malinterpretaste como deseo,

y temiendo quedar atada por él, queriendo cuidar de tu preciada libertad,

te alejaste, cerraste tu mente a tu propio afecto por mi, lo negaste,

y viendo entonces que mi amor se quedaba huérfano, sin objeto al que aferrarse,

me di cuenta de que era mi amor, era mío, estaba en mí,

y siendo mío, no podías quitármelo, negármelo, de hecho nadie podía,

así que decidí quedármelo, mi afecto no se extinguió, sino que quedó libre,

está conmigo sin necesidad de objeto concreto, yo soy mi afecto, y mi afecto soy yo,

y soy libre de vivirlo con alguien o sin alguien, sin condiciones.

Lo que sucede es que la persona que no ha trabajado su interioridad, que todavía mantiene muchos mecanismos psicológicos inconscientes, es un auténtico lío, una mezcla enrevesada de creencias, atracciones y deseos inconscientes o semi-conscientes, y al mismo tiempo vivencias más elevadas de amor-felicidad, todo ello a la vez. Esto genera mucha confusión. Una de ellas, típica, es confundir el sentir amor por alguien con “atarse” a ese alguien, y para evitar ataduras, por miedo, alejarse de la persona, cerrando la mente al amor; como hemos visto las ataduras las genera el deseo, no el amor. Es el deseo el que ata. El amor genera, como hemos visto, anhelo de estar con lo amado, aunque en muchas personas ese anhelo puede mezclarse con deseo, debido al lío que tiene le persona que no se conoce a sí misma. Pero puedes amar intensamente sin deseo, y anhelar intensamente estar con la persona amada, sin sentir deseo alguno, algo que quizá no se verá a primera vista, por las creencias en sentido contrario, pero es un hecho rigurosamente cierto y documentado.

Además, la vivencia del amor puede evolucionar hasta ser vivida en sí misma, sin objeto concreto; la persona descubre su capacidad de amar, de afecto, más allá de cualquier objeto externo. Cuando se descubre esa capacidad propia, más tarde o más temprano se da el siguiente paso: si esa capacidad existe permanentemente en mi, sin necesitar nada externo que la alimente, que la estimule, entonces es que es parte intrínseca de mi mismo, yo soy esa capacidad de amar. Se llega en ese momento al amor y la felicidad incondicional, pues no se necesita tener cumplimentadas ningunas “condiciones especiales” para amar, se es amor, intrínsecamente, y nada ni nadie puede cambiar esa realidad que se es,

5. Viendo tu progresivo distanciamiento,

viendo como convertías tu antiguo afecto por mi primero en desafecto,

más tarde en desdén, viendo la frialdad en tu mirada, tan cálida antes,

viendo como el afecto queda ahogado, tapado, por la mente,

empeñada en eliminar lo que cree que es dañino para ella,

oh! matar a conciencia un afecto, por fuerza de voluntad,

oh! ver una mirada fría donde antes hubo calidez,

a quien ama incondicionalmente casi un crimen le parece,

yo no quiero caer nunca en tal cruel acción, ahogar mi amor,

así que nunca dejaré que mi mente mande sobre mi corazón,

al contrario, la mente ha de estar al servicio del corazón,

ya lo dicen las antiguas escrituras,

la mente es un poderoso servidor, pero un cruel amo,

por ello, trabaja sin descanso para dominar tu mente, no te dejes dominar por ella”.


Cuando te has identificado con el amor que eres, no puedes seguir identificándote, simultáneamente, con tu mente. Pues la mente no es amor, la mente es una energía neutra, organizadora de la realidad, capaz de percibir, de crear, es un instrumento formidable, pero si te identificas con tu instrumento, estás perdido, literalmente. La mente, al ser en sí neutra, puede igualmente generar pensamientos de amor o de odio, exaltados o miserables. Una creencia, que siempre contiene una verdad pero parcial, o muy parcial, cuando te identificas con ella te puede llevar a cometer barbaridades, como vemos cada día en las noticias. El entrenamiento mental, como la meditación, o la práctica de mindfulness, tan de moda, son útiles para controlar la mente y no ser controlados por ella. Otro camino es el que hemos mostrado aquí: la vía del amor incondicional, que nos lleva a identificarnos con el amor, y a liberarnos de la confusión de creer que somos lo que pensamos. Entonces podemos poner la mente al servicio del amor, y amar incondicionalmente y al mismo tiempo inteligentemente. Eso resuelve todos, absolutamente todos, los problemas de la persona, y la convierte en un instrumento para el bien de los demás. 

dimarts, 20 de juny del 2017

Vivenciar el amor-felicidad: experimentarlo directamente

Nuestra mente suele funcionar, por así decirlo, en "modo objeto": todo, absolutamente todo lo percibido, lo asocia a algún objeto externo, de hecho a un objeto de conciencia, que suele estar relacionado directamente con un objeto externo. Por eso, la felicidad tiene que venir dada por la posesión y disfrute de objetos, como poseer alguna cosa deseada, una posición económica y social cómoda, un trabajo estupendo, una pareja ideal, etc.  También pueden haber objetos más mentales, no tan directamente relacionados con nada material, como puede ser una idea, una ideología, o una opinión. 

En este modo de funcionamiento, todo se conceptualiza:  si estamos disfrutando de un coche nuevo, o de la idea de comprar un coche nuevo, el objeto mental "coche" ha estado formado previamente, y el sujeto le ha asociado unas características, según sus gustos personales, lo ve desde su punto de vista personal, del "ego"; cualquier idea estará mezclada con la personalidad concreta, que no es más que otro conjunto de ideas y de memorias sobre la propia persona. Lo mismo con las relaciones interpersonales: cada persona con la que tratamos se conceptualiza: desde nuestra perspectiva personal le asignamos una lista de cualidades, defectos, propiedades, etiquetas; es buena persona, es enérgico, es tímida, etc.

Hay otro modo de funcionamiento de la mente en el cual no hay una conceptualización de los objetos percibidos, simplemente se perciben de forma más directa, sin filtros preconcebidos, sin etiquetar nada. Hay una observación, que al hacerse más profunda, sosteniendo la atención, puede llamarse contemplación de la cosa. Al no haber ideación, el ego no participa, no hay una mezcla de lo percibido con las ideas personales sobre uno mismo. Cuando permanecemos atentos a lo percibido y a la vez a la percepción en sí, o sea a los sentimientos, sensaciones, efectos que nos produce, sin pensamientos, tenemos una experiencia de percepción directa que se llama vivenciar la cosa: la vivimos, de forma directa, sin filtros ni etiquetas mentales. Una de las características de mindfulness (atención plena) es esta: observar sin juicio, simplemente contemplar y vivenciar. 

Veamos ahora una aplicación práctica al plano afectivo-amor-felicidad: supongamos que estamos disfrutando de la compañía de alguien querido, apreciado. En modo objeto, nuestra mente asocia nuestro estado afectivo con la persona que lo produce, mezclando un montón de conceptos: nuestra idea de la persona, los recuerdos, las expectativas de que reaccione del modo esperado, nuestra imagen de nosotros mismos, etc. Creemos que esa persona nos produce un estado agradable, y tenemos una explicación para ello: nos comprende, nos hacer reír, etc.  En cambio, si vivimos la experiencia en el modo contemplativo, no hay ninguna idea, sólo la vivencia afectiva. Al vivir la afectividad de forma directa, al darnos cuenta de nuestro estado afectivo, sin relacionarlo con ningún concepto previo, eventualmente nos daremos cuenta de que ese estado afectivo es nuestro, se genera en nosotros, desde el punto de vista vivencial, ese estado somos nosotros. La persona querida actúa sólo como activador del estado, que es nuestro, nos pertenece. 

Perseverando en la práctica del vivenciar directamente los estados afectivos, se llega a apoderarse de ellos: podemos evocar en cualquier momento un estado de alegría-amor-felicidad, ya que es nuestro, nadie nos lo da y nadie nos lo puede quitar. Como mucho, nos pueden ayudar a percibirlo, cuando todavía dependemos de la mente ligada a objetos externos, pero cuando adquirimos la visión contemplativa, y la afianzamos, nosotros somos alegría-amor-felicidad, independientemente de las circunstancias externas.