Juzgar
Juzgar es formar una idea, una opinión, sobre una persona, una cosa o unos hechos, pero no una opinión cualquiera así en general, sino más bien en el sentido de decidir en favor o en contra, de afirmar o de negar, de ver como correctos o incorrectos unos hechos y por extensión a las
personas que los realizan, a sus actitudes y comportamientos.
Juzgamos continuamente
Se juzga en base a unas
creencias personales, o a unas costumbres o unas normas escritas. Juzgar es
innato en nosotros: lo hacemos continuamente, de forma automática, tanto a nivel personal como a nivel social, y por eso las sociedades modernas tienen una enorme cantidad de normativas, desde la de las comunidades de vecinos o de cualquier club social hasta el gobierno de la nación, y todas esas normas sirven para juzgar comportamientos, para afirmar que son correctos o no.
Juzgar bien es complicado
Pero no
obstante no existe ningún conjunto de creencias, costumbres o normas que
sea completo, entendiendo por completo el contemplar todas las
posibilidades y sus variantes que se presentan en toda acción humana; por tanto todo juicio será siempre hasta cierto punto parcial, incompleto e incluso puede llegar a ser claramente injusto, pues juzgar lo puede hacer cualquiera, pero ser justo no es tan fácil ni frecuente: ser justo tiene relación con ser equilibrado, exacto, preciso, estar en su justa medida.
Este asunto de la
incompletitud de toda normativa o conjunto de creencias como base para enjuiciar lo correcto o lo cierto y distinguirlo de lo incorrecto o lo falso ya fue establecido hace 100 años, a principios del siglo XX, por diversos pensadores e investigadores que dedicaron sus esfuerzos a buscar ese sistema infalible que permitiría establecer la verdad sin error alguno, pero seguimos actuando como si todavía existiera la posibilidad de la certeza absoluta. La historia de esa búsqueda de la certeza está muy bien explicada en un libro en formato de cómic, ameno y muy recomendable:
Logicomix, una busqueda épica de la verdad.
Juzgar para represaliar
Juzgar como negativo o incorrecto el comportamiento de una persona de por
si cierra la puerta de la comprensión sobre su comportamiento, pues ¿para qué entenderlo si lo vemos como incorrecto? En cambio el juzgar negativamente abre otra terrible puerta: la que nos lleva a la represalia, la hostilidad, la ira, el querer castigar, querer venganza y la emotividad negativa. No en vano para muchas personas obtener justicia es sinónimo de obtener venganza. Este es también un comportamiento típico humano, el represaliar al que obra mal, es un instinto heredado, un acto de defensa que en principio es correcto, pero que hay que vigilar de cerca para no caer en la negatividad irracional. Pues lo "malo" tampoco es un concepto claramente definido, universal, sino relativo.
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Justicia clásica: aplicar ciegamente
las normas y castigar (con la espada)
su incumplimiento. Podemos hacerlo mejor. |
Juzgar para mejorar como personas
Viéndolo desde otro punto de vista: ¿cuál debería ser la
utilidad del juzgar como correcto o incorrecto? Podríamos decir que es detectar comportamientos
erróneos para en la medida de lo posible corregirlos, pero ya hemos dicho que el concepto erróneo no es absoluto sino relativo. Las acciones que son dañinas, para uno mismo o para otros, podrían parecer buenos candidatos para ser etiquetadas como erróneas; pero a menudo ese daño proviene de mantener una
cierta posición mental cerrada que al sentirse cuestionada reacciona con
negatividad y dolor, a veces simplemente actuar de forma diferente a lo que se espera de nosotros ya está dañando, ¿es correcto entonces juzgar como malas tales acciones?
¿El desmontar unas creencias, dañando entonces a la personalidad que se apoya en ellas, es "malo"? Depende de cómo se haga, y de las circunstancias en las que se haga. Es complicado, hay muchos matices
y condicionantes a tener en cuenta en el momento de juzgar. Y no obstante necesitamos tener una opinión en la que apoyarnos, necesitamos tener un juicio formado.
El buen juicio es no personal
Una manera infalible de mejorar
nuestro juicio es, y no es fácil de hacer, olvidarnos de nosotros mismos cuando
vayamos a juzgar. ¿Por qué? Porque entonces será un juzgar imparcial, no somos parte interesada en el juicio, y podemos ver las cosas con perspectiva. Podremos juzgar para ayudar al otro, para poder opinar sobre cómo mejorar la actuación, y no para
protegernos a nosotros. Por esto se pide imparcialidad en los jueces, aunque es casi como pedir la Luna, ya que cuando lo que juzgan les concierne personalmente, difícilmente serán capaces de mantener la imparcialidad, como ocurre en casi todas las personas.
El renunciar a protegernos a nosotros mismos, el enjuiciar sin motivos personales, desactiva el instinto de supervivencia-defensa, que es el que conduce al deseo de represalia y otras emociones negativas, y es lo que nos hace
imparciales, ja que no somos parte interesada en el juicio. Esto ya es un
gran avance en el juzgar, es necesario, pero no es suficiente, incluso así aun podemos equivocarnos mucho en nuestro
juzgar, pues todavía sigue estando presente el otro gran problema, la incompletitud de nuestro conocimiento, de nuestro discernimiento racional.
Necesitamos también la humildad de reconocer que no lo sabemos todo, que no lo comprendemos todo, añadiendo entonces prudencia, reconocer las circunstancias, el ser comprensivos y benevolentes con
aquello que vamos a juzgar, que en definitiva son personas como nosotros, imperfectas. En suma, para juzgar como más sabios seamos mejor, más justos seremos.
Buen juicio en situaciones muy personales
Entonces las situaciones en las que será más complicado mantener un buen juicio serán aquellas altamente personales, en las que nos atacan verbalmente o se nos muestra hostilidad manifiesta, o bien cuando nos sentimos traicionados o desengañados por alguien en el que confiábamos.
En efecto, es difícil mantener el buen juicio cuando alguien te juzga injustamente, o al menos eso crees, y por ello te agrede con su actitud hostil. Puedes sentir la emoción negativa
de ser tratado injustamente, la indignación, que fácilmente puede hacer que
reacciones con más hostilidad, creando un círculo vicioso entre tu y tu atacante. En esta situación es preciso aplicar los mismos principios: olvidarte
de ti mismo, relajarte, procurar no sentirte dañado, no lo serás si tu no te dejas, y no quedarte con la negatividad sino al contrario intentar ser proactivo: mirar de entender la motivación profunda del otro
que suele ser miedo a ser dañado de alguna manera. A menudo la otra persona es inconsciente de su miedo, su reacción de ira contra ti es también en buena parte inconsciente, y reaccionar contraatacando reforzará todavía más la ira.
¿Cómo mantener en esas situaciones la imparcialidad? La emotividad de esas situaciones tan personales fácilmente nos arrastrará, y nos lo tomaremos todo como muy personal, seremos muy parciales en nuestro juicio.
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Ira: nos han juzgado negativamente |
Aquí es en donde entra en escena la inteligencia emocional, que nos permite gestionar la emotividad sin dejarnos llevar por ella. Una excelente herramienta de gestión emocional es la práctica de la atención plena. Combinándola con los otros factores que hemos mencionado, prudencia, benevolencia, ser comprensivos, querer ayudar en vez de querer defendernos, nos permite conservar nuestro buen juicio incluso en medio de las circunstancias más adversas. Y si tenemos que defendernos, lo haremos en su justa medida, sin caer en batallas sin sentido y en la sinrazón.
Entrenar la habilidad de mantener el buen juicio en situaciones personales
Se realiza dos tipos de trabajo: meditación diaria en soledad, y trabajo práctico durante situaciones complicadas con otras personas.
Damos a continuación un esquema de sesión de meditación de unos 25 minutos para entrenar la capacidad de mantener el buen juicio en situaciones complicadas; suponemos que la persona ya ha practicado meditación básica durante un tiempo y por ellos está preparada para aplicarla a este caso práctico, si no es así recomendamos empezar por una práctica meditativa básica diaria y mantenerla por al menos 2 meses antes de empezar esta práctica específica.
Fase 0: preparación. Como en cualquier sesión de meditación, hay que preparar el cuerpo para tenerlo inmóvil pero bien despierto durante toda la práctica.
Fase 1: Práctica de la conciencia plena corporal. Durante 10 minutos atendemos plenamente al cuerpo (estiramientos y auto-masajes con plena atención, observar la respiración, escáner corporal, ...). Ojos abiertos o cerrados, como convenga.
Fase 2: Atender plenamente a las emociones negativas: preferentemente con los ojos cerrados, rememoremos alguna situación en la que hemos sido agredidos verbalmente o tratados con hostilidad o injustamente, o engañados, etc, una de esas situaciones que comportan emotividad negativa, y durante 5 minutos aproximadamente contemplemos esa escena y nuestra emotividad sin emitir juicio alguno, solo observando, manteniendo la distancia, como si estuviéramos viendo una obra de teatro, sin tomar partido. Estemos muy atentos a ello, y si notamos que emerge cualquier pensamiento sobre lo observado, no le prestemos atención, y volvamos a simplemente atender a la escena.
Fase 3: Reprogramar nuestra respuesta. Imaginemos ahora que volvemos a vivir esa situación pero esta vez ya tenemos plenamente desarrollada nuestra capacidad de mantener el buen juicio, estamos provistos de ecuanimidad, benevolencia, comprensión del otro, y deseo de ayudar a mejorar el clima que se ha enrarecido con emociones negativas, no nos defendemos, si no que intentamos comprender y ser proactivos, positivos. Procuremos visualizar no solo las imágenes sino la sensación sentida de paz interior y deseo de ayudar a mejorar la situación. Nos quedamos ahí unos 5 minutos.
Fase 4: Salida. Volvemos poco a poco a la conciencia habitual, abrimos los ojos, y saboreamos el estado emocional y mental en el que nos encontramos ahora. Un minuto.
El trabajo práctico durante situaciones complicadas con otras personas consiste en, cuando nos suceda, acordarse de respirar profundamente unos instantes, sentir esa respiración, sentir como las emociones alteran el cuerpo, permitirlo y experimentarlo plenamente sin reaccionar, esto es muy importante, observar sin reaccionar por unos instante antes de actuar. Y mientras actuamos, intentar seguir conscientes de nuestro estado momento a momento. Este es el primer paso: gestionar la emotividad. Más adelante, cuando lo tengamos más o menos asumido, podremos ir incorporando los otros elementos en nuestra respuesta: ecuanimidad, benevolencia, comprensión del otro, deseo de ayudar, y si nos defendemos hacerlo en su justa medida.